Víctor Resco, Universidad de Lleida, y su equipo han preparado una mini serie de cortometrajes para entender mejor al fuego
El fuego forjó nuestra especie y la asombrosa diversidad biológica del planeta. En «Hijos del fuego», Víctor Resco y un elenco de otros investigadores especialistas en diferentes áreas explican que lejos de ser únicamente una fuerza destructiva, los incendios forestales llevan millones de años regulando el oxígeno de la Tierra modelando el cerebro humano gracias a la cocción de alimentos y favoreciendo la adaptación de la fauna y la flora
La idea de que los incendios forestales son sinónimo exclusivo de muerte y destrucción es muy común, pero la realidad ecológica y geológica demuestra que son mucho más que eso. Hace 420 millones de años, cuando las plantas comenzaron a conquistar el medio terrestre, se dieron las condiciones perfectas para los primeros incendios.
Desde entonces, el fuego ha sido un elemento indispensable. De hecho, las concentraciones de oxígeno en la atmósfera se han mantenido en un 21% en parte gracias al ciclo de los incendios, que regulan el crecimiento vegetal a escala planetaria.
Un salto evolutivo para la humanidad
Nuestra especie y nuestros ancestros evolucionaron en la sabana, un ecosistema moldeado directamente por el aumento de los incendios. El control del fuego, logrado posiblemente por el Homo erectus hace más de un millón de años, supuso una auténtica revolución tecnológica y biológica.
Al empezar a cocinar los alimentos, los homínidos pudieron reducir el tamaño de su sistema digestivo. Esta reducción liberó una gran cantidad de recursos energéticos que el cuerpo redirigió al desarrollo del cerebro, posibilitando nuestra evolución cognitiva.
Además, las noches alrededor de las hogueras cambiaron nuestra forma de socializar. El tiempo extra que ganamos al no tener que pasar la mitad del día masticando crudo nos permitió desarrollar habilidades lingüísticas, narrativas y estrategias de caza comunitarias.
Motor de abundancia para la fauna
A nivel de biodiversidad, el fuego actúa como un generador de vida. Aunque a corto plazo los animales se desplazan, los ecosistemas quemados suelen rebrotar con una vegetación mucho más rica en nitrógeno.
Esto provoca un efecto cascada positivo: herbívoros como ciervos y corzos encuentran alimento de gran calidad y aumentan sus poblaciones. Tras ellos acuden grandes depredadores como el lobo, que amplían sus áreas de campeo al encontrar mayor disponibilidad de presas, tal y como se ha observado recientemente en la Sierra de la Culebra. Incluso especies protegidas como las águilas necesitan de estos espacios abiertos creados por el fuego para poder cazar.
Flora nacida de las cenizas
En el ámbito vegetal, el fuego es una presión ambiental que ha forzado adaptaciones asombrosas. En ecosistemas mediterráneos y de alta montaña, muchas plantas necesitan literalmente quemarse para sobrevivir.
Especies como el pino negral o arbustos de las familias de las cistáceas y leguminosas han desarrollado cortezas resistentes, capacidades de rebrote rápido y bancos de semillas que solo germinan cuando son estimulados por las altas temperaturas de las llamas.
En definitiva, el fuego actúa como una especie nativa más de nuestros ecosistemas. Es renovación y adaptación, y comprender su papel histórico es vital para entender nuestra propia existencia y la riqueza natural que nos rodea.

