Iniciativa para promover la reforestación y revegetación en la costa mediterránea ibérica

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CUENTOS CLIMÁTICOS – 1

Antonio Ruiz de Elvira, Profesor, Física Aplicada, Universidad de Alcalá

Es octubre. Paco y Carlos debaten sobre los riesgos de una DANA inminente en los arrozales de Calasparra. Mientras Paco confía en su experiencia sobre el terreno y los sabios ritmos de la naturaleza, Carlos aporta análisis técnico y datos satelitales sobre el impacto climático. Ante el cielo amenazante, ambos deciden actuar con rapidez para proteger las cosechas y asegurar la cooperativa.

El cielo sobre la Vega Alta del Segura tenía ese color plomizo y pesado, casi metálico, que los viejos arroceros de Calasparra conocen demasiado bien. Era 28 de septiembre. Las parcelas escalonadas, que durante todo el verano habían sido un tapiz verde brillante, lucían ahora un tono dorado, mate y seco. El agua ya se había retirado de las tablas ocho días atrás para orear el suelo; la tierra arcillosa estaba agrietada, lista para la siega. El grano de la variedad Bomba cabeceaba al final del tallo, maduro, con el peso justo.

Paco hundió las botas en el margen de la acequia, cogió una espiga entre las manos y frotó los granos con el pulgar. Se llevó uno a la boca y lo mordió. Crujió seco, limpio.

– Está en su punto, Carlos —dijo Paco, escupiendo la cascarilla—. Un 14% de humedad en el grano. Si las máquinas entran mañana, en tres días lo tenemos todo en los silos de la Virgen de la Esperanza. Pero este aire no me gusta nada. Viene del revés, del revés.

A su lado, Carlos, su sobrino, no miraba al suelo, sino a la pantalla de su tableta gráfica. Llevaba una hora refrescando los mapas de la Agencia Estatal de Meteorología y los modelos europeos. En la pantalla, una enorme masa circular de color violeta —el aire frío desprendido de la circulación general en las capas altas de la troposfera— se deslizaba directamente hacia el Golfo de Valencia, cargándose de la energía de un Mediterráneo anómalamente cálido.

– No tenemos tres días, tío —contestó Carlos, con la voz tensa—. No es una tormenta de verano de las que se rompen en la sierra. Es una DANA de manual. El gradiente térmico es brutal. Viene aire polar a cinco mil metros de altura y aquí abajo tenemos un ramal de viento de levante que va a bombear humedad sin parar contra las cordilleras del interior. La física no miente: cuando esa masa de aire cálido y húmedo se vea obligada a ascender por el relieve, la condensación va a ser súbita. Hablamos de torrencialidad pura, Paco. El modelo europeo da más de 150 litros por metro cuadrado en menos de seis horas para esta madrugada.

Paco miró a su sobrino de reojo, entre el escepticismo del veterano y el orgullo de ver al chaval con sus estudios.

– Cien litros, doscientos… el papel lo aguanta todo, zagal. El Segura está bajo y el río Mundo apenas trae agua por la sequía de este año. El cauce tiene hambre, se lo tragará.

– Ese es precisamente el peligro —insistió Carlos, acercándose al borde de la tabla y señalando el lecho seco de una pequeña rambla lateral—. Llevamos meses de sequía extrema. El suelo está tan compactado y deshidratado que se ha vuelto hidrófobo. Ha perdido toda su porosidad y capacidad de infiltración. Si cae esa tromba de agua, el suelo no va a absorber nada; actuará como un tejado de hormigón. Toda la lluvia se convertirá en escorrentía superficial en cuestión de minutos. El agua bajará por las pendientes arrastrando sedimentos, taponará los ojos de los puentes viejos y el río se va a desbordar aquí mismo, en la Vega Alta, antes de que llegue a la presa de la Mulata.

Paco se quedó callado. Volvió a mirar la espiga de arroz en su mano. Sabía que si el agua inundaba las tablas con el grano ya maduro y la planta seca, el peso del agua tumbaría las cañas —el temido encamado—. Las cosechadoras no podrían entrar en el barro, el grano absorbería humedad del suelo inundado, se abriría y los hongos destruirían la cosecha en cuarenta y ocho horas. Todo el trabajo del año, la joya de la cooperativa, se pudriría en el fango.

El viento del este arreció de golpe, trayendo un olor a tierra húmeda y lejana. En el horizonte, hacia la sierra de la cuenca del Mundo, el cielo ya se había cerrado en negro.
– Bueno —dijo Paco, guardándose la navaja en el bolsillo y cambiando el tono—. Déjate de ordenadores. Si esa masa violeta tuya viene de camino, no nos va a pillar de brazos cruzados. Llama a la cooperativa, que avisen a los tractoristas. Hay que limpiar el canal de desagüe de la zona baja ahora mismo y colocar las compuertas de retención en la acequia madre para desviar lo que baje de la rambla. Movámonos.

El estrépito del agua contra los tejados de chapa de la Cooperativa Virgen de la Esperanza era ensordecedor. Habían sido doce horas de infarto. Gracias al aviso de Carlos y a la rápida reacción de los tractoristas, los canales de desvío aguantaron el primer embate y se logró segar la mitad de las tierras bajas antes de que el Segura se desbordara de madrugada. Media cosecha se salvó in extremis, ya a salvo y seca en las tolvas de la cooperativa. La otra mitad, sepultada bajo un palmo de lodo y
agua marrón, tendría que esperar un milagro.

A la mañana siguiente, con el suelo aún rezumando agua y el cielo abriéndose en claros, los rostros en el almacén reflejaban una mezcla de alivio y profunda preocupación. Decenas de socios, con las botas cubiertas de barro, se apiñaron alrededor de la mesa de la oficina técnica. Sobre ella, Carlos extendió un plano de la cuenca y conectó su tableta a la pantalla de la pared. Paco, con los brazos cruzados, se situó al fondo, observando a los vecinos.

— Hemos salvado la mitad, sí —empezó Carlos, barriendo la sala con la mirada—, pero la pregunta que todos os estáis haciendo es por qué un río que ayer estaba seco hoy nos ha inundado el pueblo. Y la respuesta es que esto ya no es una anomalía; es nuestra nueva realidad.

Carlos cambió de diapositiva en la pantalla, mostrando una gráfica de anomalías térmicas del mar Mediterráneo.

– La física detrás de lo que hemos vivido esta noche es matemática pura —explicó Carlos de forma directa—. El motor de estas DANAs tan destructivas es el calor. Nuestro mar ya no actúa como un regulador térmico; es una central de energía. Al aumentar la temperatura global del planeta, el agua del Mediterráneo se evapora a un ritmo muy superior. Esto satura la atmósfera de humedad, es decir, de agua precipitable acumulada. Cuando una masa de aire frío en altura cruza la península, la atmósfera se vuelve inestable de forma explosiva. A mayor temperatura superficial, mayor es el balance energético y más violenta es la condensación. Por eso las lluvias ya no son generosas ni progresivas; son bombas de agua concentradas en pocas horas.

Los agricultores escuchaban en un silencio sepulcral. Un cooperativista veterano levantó la mano:
– Pero Carlos, tormentas y gotas frías ha habido siempre en Murcia. Mi abuelo ya me hablaba de la riada de Santa Teresa.

– La diferencia —intervino Carlos con firmeza— es la frecuencia, la intensidad y la predictibilidad. Los períodos de retorno se están acortando drásticamente. Lo que antes ocurría una vez cada cincuenta años, ahora amenaza con pasar cada cinco. Y en el futuro, porque el cambio climático ya no se puede detener, cada año. Y aquí es donde el problema se vuelve doble, porque venimos de la peor sequía de la década. La falta de humedad destruye la estructura del suelo, matando la microbiota que cohesiona la tierra. Cuando el suelo pierde su materia orgánica, se compacta y se vuelve impermeable. Al llegar la DANA, la escorrentía superficial aumenta de golpe porque el suelo ha perdido su capacidad de infiltración física. El agua no entra en la tierra; corre por encima como si fuera asfalto, arrastrando vuestras cosechas y erosionando la capa fértil que tarda siglos en formarse. Cada año que pase, si no cambiamos la estrategia, el impacto de estos extremos climáticos será peor.

Paco dio un paso al frente y apoyó la mano en el hombro de su sobrino, mirando a sus compañeros de toda la vida.

– El zagal tiene razón. No podemos seguir jugando a la defensiva, esperando a ver qué nos cae del cielo y rezando para salvar media cosecha en el último minuto. Necesitamos un plan para proteger el suelo todo el año, tanto de la sed como del ahogo. Y por eso —Paco señaló unos folletos que Carlos acababa de colocar sobre la mesa— hemos querido traer a la cooperativa la iniciativa Laderas Verdes.

– ¿Árboles? ¿En las laderas de la Sierra de la Soledad y del Molino? —Nemesio, uno de los socios más antiguos de la cooperativa, se recolocó la gorra con gesto incrédulo—. Pero vamos a ver, Carlos, Paco… ¿nosotros somos arroceros o ingenieros de montes? Bastante faena tenemos ya con limpiar las acequias y pelear por el precio del kilo de Bomba como para ponernos ahora a plantar pinos y encinas en el monte público. Eso es competencia de la Confederación Hidrográfica o de la Consejería. Eso le corresponde a las autoridades, coño.

En ese momento, el teléfono de Carlos vibró con fuerza sobre la mesa. Era una videollamada de su primo Alberto, que gestionaba una distribuidora de frutas en la Vega Baja. Carlos descolgó y activó el altavoz, mostrando la pantalla a toda la sala.

La imagen era caótica. A través de la cámara de Alberto se veía una calle de Torrevieja convertida en un río de lodo marrón que arrastraba contenedores de basura y ramas. Al fondo, los almacenes de poscosecha estaban rodeados por un palmo de agua estancada.

– ¡Carlos! ¡Esto es un desastre absoluto! —gritaba Alberto entre el ruido del agua—. La DANA nos está machacando aquí abajo. El agua baja con una fuerza tremenda desde las ramblas del interior. No hay alcantarillado ni canal que lo frene. Está entrando el barro en los muelles de carga, y si el agua toca los palets de cítricos listos para exportar, la humedad va a pudrir la fruta en los camiones antes de que lleguen a Francia. ¡Toda la logística de poscosecha se va al garete por el arrastre del agua!

Carlos cortó la comunicación y miró fijamente a Nemesio. La sala se había quedado en un silencio denso.

– ¿Lo ves, Nemesio? Lo que no frena la sierra de Calasparra termina ahogando a Torrevieja y destrozando los almacenes de nuestros clientes —dijo Carlos con voz firme—. Y no, no es solo cosa de forestales. La física del agua no entiende de propiedades ni de competencias políticas. Laderas Verdes nace de una realidad científica muy simple: energía cinética y porosidad.
Carlos dibujó un esquema rápido en la pantalla.

– Cuando la lluvia torrencial cae sobre una ladera pelada y compactada por la sequía, las gotas impactan con toda su energía, desprenden el suelo y crean una lámina de agua que baja a toda velocidad. Es pura gravedad. En cambio, si plantamos árboles y recuperamos la vegetación en las laderas, las copas de los árboles actúan como un freno mecánico que intercepta el impacto directo de la gota. La raíz del árbol fractura el suelo compactado de forma natural, creando canales y manteniendo la tierra porosa. El agua, en lugar de correr hacia abajo arrastrando lodo y arrasando nuestros arrozales, se infiltra en el terreno y recarga los acuíferos subterráneos. En vez de perder el agua en el mar destruyendo todo a su paso, la guardamos bajo tierra para los años de sequía.

Nemesio cruzó los brazos, mirando el suelo embarrado.
– Sí, la teoría está muy bien, zagal. Pero que lo hagan las administraciones. Para eso pagamos impuestos.

Paco dio un paso al frente y se plantó ante su viejo amigo, clavándole una mirada severa pero cargada de afecto.

– Escúchame bien, Nemesio. Si esperamos a que las «autoridades» se pongan de acuerdo, aprueben el presupuesto, hagan el estudio de impacto y planten el primer árbol, habrán pasado veinte años. Y tú y yo sabemos que, al ritmo que cambia el clima, de aquí a veinte años no quedará un solo arrocero en Calasparra. Las riadas habrán lavado toda la tierra fértil y el río Segura será un desierto de piedras o una autopista de barro.

– Paco tiene razón —remató Carlos—. Esto no es un proyecto de despacho; es una necesidad de supervivencia. O empezamos nosotros mismos, comunidad a comunidad, cooperativa a cooperativa, a defender la cuenca alta con Laderas Verdes, o mejor vamos vendiendo los tractores y abandonamos los arrozales. Nadie va a venir a salvarnos si no empezamos nosotros. Nemesio miró de reojo la pantalla donde aún se intuía el desastre de Torrevieja. Luego miró a Paco. Tras unos segundos de tensión, se quitó la gorra y se rascó la cabeza.
Nemesio empezó a preguntar: ¿Donde hay que poner lo árboles? ¿Qué árboles podríamos poner?

Carlos sugirió una charla tranquila una vez recuperados de la riada.

En la Cooperativa, una tarde, Carlos encara a unas cien personas que se interesan por el tema.

El problema, aquí y en la Comunidad Valenciana, es la combinación de dos circunstancias de la geografía: El Mar Mediterráneo y las sierras cercanas 100 km en Murcia, 60 en Valencia. Estas distancias no son nada para la atmósfera. Como os dije el otro día, un mar muy caliente produce mucho vapor de agua, como la olla hirviendo con los garbanzos. Las brisas marinas transportan ese vapor hacia las colinas de las sierras del interior. Aquí, hacia los Calares del Mundo, las Cárcavas, los ríos Mula, Pliego, Quipar.

Precisamente, en el Quipar se han hecho, entre 1962 y 1996, 425 diques de contención del barro. Pero estos diques causan erosión aguas abajo de los mismos.

Esto es combatir a la Naturaleza mediante la fuerza bruta, en vez de seguirla y aprovecharse de ella. Diques y embalses no arreglan los problemas.

El vapor de agua que se genera en el mar avanza por las llenuras recalentadas y baja su humedad relativa. ¿Qué es esto? Todos hemos visto, en la barra del bar, los vasos de cerveza cubiertos de rocío en los días más calientes del verano. En esos días hay mucho vapor de agua en el aire, pero sentimos que este está muy seco. El vapor condensa sobre lo vasos porque estos están fríos.

El que el vapor condense o no, depende fuertemente de la temperatura del aire: En un aire muy caliente la cantidad de vapor para la condensación tiene que ser muy elevada, mientras que poco vapor condensa (el rocío) de madrugada, cuando ha bajado esa temperatura.

Para que ese vapor de agua del Mediterráneo condense casi todos los día en forma de lluvia suave, en un entorno de 40ºC, se precisa añadir un poco más de vapor. Ese poco más de vapor viene de lo que transpiran los árboles.

– Espera, interrumpe Fulgencio, otro cooperativista. Si tenemos árboles y transpiran, sacan el agua del interior del suelo, y aumentan la sequía.

– Tienes razón. Pero míralo así: Si sacas dinero del banco para comprar un tractor, disminuyes lo almacenado, pero a la larga ganas dinero (si disminuyes la sequía y controlas las riadas) dice Carlos.

Los árboles sacan agua del subsuelo, pero primero la meten, al provocar la lluvia. La sequía se piensa que es algo de la Naturaleza, pero tiene buena parte de creación humana. Se suele decir que gracias a las cabras, los hombres la han creado, las cabras antes, hoy la deforestación.

Aquí no llueve mucho, pero podemos hacer que llueva algo más, y sobre todo de forma suave, sin las grandes lluvias torrenciales de nuestra tierra.

Porque, si no llueve, el vapor de agua del aire vuelve desde las colinas al mar, donde la cantidad de ese vapor va aumentando hasta la invasión de aire frío del norte, que funciona como el vidrio del vaso de cerveza, y condensa brutalmente en muy poco tiempo, el vapor en lluvia torrencial.

Los árboles cumplen otras dos funciones: Frenan la fuerza del agua cuando cae y hacen que el suelo se vuelva poroso gracias a sus raíces (trabajan para si mismos pues sin porosidad las raíces con cogen agua).

– Esto es la parte técnica, dice Carlos,

Ahora vamos a la parte humana, creo que esto os entretendrá más.

Tuve un profesor en la Escuela que se quejaba de que sus compañeros solo eran capaces de seguir los manuales de las estanterías de la Biblioteca. Pero, -nos decía- las cosas de hoy no son las mismas que cuando se escribieron los manuales. Aunque si lo son las personas, -añadía.

Los políticos actuarán siempre movidos por los votos que pueden conseguir y el periodo de 4 años entre elecciones. Y como su conocimiento no es sobre lluvias, vapores, árboles, siempre consultarán a los técnicos, que se moverán según unos manuales anticuados.

¿Los votantes? Los que sufren DANAS, sequías, riadas, incendios, son siempre muy pocos. Los llantos duran menos.

Nemesio pregunta: ¿Qué hacer?

Carlos responde que es preciso buscar a quienes apoyan las soluciones ecológicas, frente a las tecnológicas, y mostrar que se ha empezado a trabajar en la reforestación en laderas próximas a Calasparra.

Haremos dos grupos, uno pedirá ayuda a Medio Ambiente, el otro, a Obras Públicas. Mostrando que el pueblo se compromete, una de las dos consejerías nos ayudará.